La vida privada de Leslie Howard: El astro extinguido (1944)

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La vida privada de Leslie Howard: El astro extinguido

El pequeño Leslie

El nombre de Londres vuelve a figurar en una biografía. En la nebulosa capital británica, en una de las ennegrecidas casas de ladrillo de los inmensos barrios de familias obreras, trabajadoras y de modestos funcionarios, vió en 1894 [sic] la primera luz del día Leslie Howard. Mejor dicho; Leslie Stiner [sic] ya que este era el verdadero nombre del que luego debía ser la figura máxima de la pantalla inglesa.
Nada en los primeros años de la vida del joven Stiner hacía preveer la futura fama ni la holgada situación económica que aquélla iba a proporcionarle. Nació en hogar humilde, un hogar típicamente inglés, con un padre rutinario, áspero y severo que no perdía ocasión de proclamar su odio a todo libro que no fuera su inseparable Biblia [sic], la lectura de la cual su hijo debía escuchar a diario como único alimento espiritual. El temperamento extremadamente emotivo de Leslie forjábase en este medio ambiente hostil a su sensibilidad que empezaba a manifestarse en forma de una–al principio infantil–adoración a su Patria cuyos valores morales el muchacho presiente a través de la vida que llevan sus semejantes, sus escasos amigos y su próxima parentela entre los que se encuentran algunos pertenecientes al ejército. Es tímido, pues ve que sus sentimientos chocan con los de sus próximo parientes. Sus país le va enamorando y mientras su padre lee, acaso maquinalmente los versículos de la Biblia, el muchacho va distanciándose de los suyos y va dejando volar… deja volar su imaginación. Es fácil imaginar al joven Leslie frisando los siete años, al salir de la escuela, vagando por lo muelles del Támesis, grávida su imaginación de fantasías y recuerdos de la turbulenta historia de su patria en la que las negruzcas aguas del Támesis juegan un papel tan preponderante. El futuro artista va formándose solo, forjando su temperamento al cincel de la leyenda, la historia y la fantasía.
Un día, uno de estos días típicamente londinenses de calzadas humedecidas y contornos perdidos en la niebla, las calles de la City se animan al paso de una procesión fastuosa, imagen real de sus mayores quimeras. Es la toma de posesión de un Lord Mayor, ceremonia que queda grabada profundamente en la imaginación del muchacho.
Pero no todo puede ser imaginación en la vida de un joven inglés de clase humilde.
En la vida de Leslie, por encima de la fantasía se imponía la realidad en forma de severos estudios mercantiles en el Dulvich College [sic] que seguía con ánimo distraído,  pensando más en los vistosos uniformes de la Guardia Real y las pintorescas paradas de soldados a contemplar las cuales, acudía invariablemente. La atracción de la vida castrense más que el amor a los estudios, fué acicate para él que empezó a aspirar una vida mejor, libre de la severa tutela familiar.
No tenía el pequeño Leslie más de ocho años cuando extinguióse la vida de la que fué verdadera madre de todos los ingleses, la Reina Victoria. Cuando vió pasar la fúnebre comitiva que conducía el cuerpo de la soberana, los ojos se le empañaron de lágrimas. Fué el primer temblor de angustia de su vida, que en aquel momento estuvo a punto de hacerle cometer una locura. Quería huir de su casa, ingresar en el ejército, lanzarse en busca de aventuras, deseo que no tuvo más realidad que nuevas severas amonestaciones de su padre y unas horas de llanto ahogado secretamente en la almohada.
El tiempo pasaba, y en la niebla londinense iban quedando girones de su existencia estudiantil.
Terminó la guerra anglo-boer. Con la vuelta de las tropas sud-africanas, el corazón del muchacho latió de nuevo con ansias de aventuras que tuvo que achicar una vez más y resignarse a una vida rutinaria en la que se produjo entonces un solo cambio; abandonó el Dulvich College para aceptar un empleo de oficinista en una entidad bancaria. Desde luego la nueva situación no colmaba sus sueños pero su porvenir quedaba momentáneamente resuelto y el trabajo le proporcionaba la oportunidad de emanciparse de la tutela familiar.

El joven Stiner

Felizmente para el joven Leslie, había en su carácter un fondo de adaptabilidad que le sirvió para convertirse al poco tiempo de haber trocado los estudios por la oficina bancaria, en un empleado modelo, respetado por sus superiores y querido por sus compañeros de trabajo. Tanto llegó a embeberse de los asuntos de su nuevo cargo que proyectó la celebración de varias conferencias que tuvieron lugar y fueron, algunas, celebradísimas. “Leslie Stiner conferenciante”, podía leerse en los periódicos londinenses debajo de la fotografía de un muchacho de unos veinte años, flaco, con aire de intelectual no faltado de distinción y elegancia. Fueron las primeras ocasiones que le deparaba el destino de ser aplaudido y de ver ante sí congregado un público que le admiraba. Al final de estas conferencias, estrechando la mano de los que iban a felicitarle, sentíase más seguro de sí mismo, elevado por encima de un medio ambiente que consideraba inferior al que merecía.
Un día que su peroración fué particularmente acertada y las felicitaciones subsiguientes más efusivas su mano estrechó la de una muchacha que, tímidamente, pero con firmeza, la animaba a seguir su camino de superación. Era una mirada de la de ella que abría a Leslie un nuevo camino a seguir pletórico de promesas.
A partir de entonces, aunque su vida seguía sin variación sensible los derroteros que le señalaba su profesión de oficinista y conferenciante, había en ella un nuevo estímulo que le convertía poco a poco en un hombre sociable, optimista y seguro de sí mismo.
No es extraño pues que a raíz de la declaración de guerra de 1914, Leslie Stiner se convierta en un gallardo soldado del Regimiento de Húsares que atraviesa por primera vez el Canal de la Mancha para conocer mundo, un mundo que vuelve a reverdecer en él, las ansias de anchos horizontes.
En campaña Leslie aprendió a soportar las privaciones inherentes a la guerra con tranquilidad y hasta con indiferencia. Supo también sacar provecho de los pocos ratos de descanso que podía disfrutar. Estimulado por sus compañeros de armas y más por buscar distracción que por verdadera afición organizó una reducida y pintoresca compañía teatral que hizo muy pronto las delicias de los soldados. Lo que empezó siendo para Leslie un entretenimiento para huir del tedio, al terminar la guerra, habíase convertido insensiblemente en una obsesión que luego fué la más perdurable de su vida.
Firmado el armisticio, de vuelta a Inglaterra las tropas que lucharon en los campos de Francia, el licenciado Stiner no quiere ya reincorporarse a su empleo burocrático. Ha vivido demasiado y no piensa más que en una cosa: en el teatro.
Luchando entonces con las dificultades que le creaba la nueva situación, con la fuerza de voluntad y el empuje que la vida castrense le había infundido, no cejó en su empeño hasta lograr entrar como comparsa en una compañía teatral ambulante de la que no tardó a ser primer galán. En paralelas circunstancias empezarían muy pronto su carrera artística los que luego fueron sus compañeros Herbert Marshall y Ronald Colman. Como primer actor recorrió casi toda Inglaterra exceptuando la capital. ¿Sería por miedo a la ciudad que le había empezado a admirar como severo conferenciante de temas financiero? Difícil sería puntualizar las reacciones de este joven actor de 27 años que sólo tras una larga campaña de éxitos locales en teatros de provincias decidióse a debutar en Londres donde obtuvo rápidamente el triunfo ambicionado que le hizo creerse ya en el cénit de su prestigio. Probablemente no llegó nunca a sospechar que aquellos éxitos sólo eran los inicios de los que luego debía alcanzar.
Su naciente fama no tardó en traducirse en un primer contrato para Norteamérica que lo encumbró en uno de los primero teatros de Broadway de Nueva York, de donde partió la cristalización de su arte. Todos los matices de los personajes Shakespearianos, desde los más burlescos hasta el romántico Romeo que veinte años después debía plasmar en el celuloide para proyectarse en las pantallas de los cinco continentes, encontraron en él un intérprete de indiscutible valor.
Saboreando las mieles del triunfo, ¡como recordaba entonces los tiempos difíciles! Qué lejana le parecía la escena de su ingreso a compañía teatral ambulante, ofreciéndose, a un absurdo personaje en funciones de director, para la interpretación del papel de “Pat” en la obra “Paggy de mi corazón”!
La crítica le mimaba, el público le adulaba no sólo con aplausos sino también con homenajes y recompensas. Era el actor de moda, el intérprete ideal de Shakespeare. Contaba 31 años y nadie sabíe que diez años antes Leslie Stiner no soñaba ne tan sólo en pisar la tablas a no ser en carácter de sesudo comentarista de problemas financieros. Con aquella vida había roto todos los vínculos. No se había acordado ya más de una dulce muchacha que estrechó su mano felicitándole por sus primeros triunfos y hasta la nueva vida le exigía un nuevo nombre. Nadie conocía a Leslie Stiner. Periódicos y anuncios luminosos en carácteres destacados proclamaban la gloria y la fama de Leslie Howard el actor más admirado en los Estados Unidos.

El gran Howard

En 1930 los ecos de la fama de Leslie Howard llegan a Hollywood. Precedido por esta fama el actor entra a los famosos estudios cinematográficos por la puerta grande que no evita que conozca la vida cinematográfica con todos sus amargos desengaños, sus ambiciones desmesuradas, las fáciles aventuras y las todavía más fáciles desilusiones. Allí conoce a una bellísima actriz, Stelle O’Brien que la propaganda populariza con el nombre de campaña: Merle Oberón. Tiene siete años menos que él, unos ojos negrísimos, profundos y expresivos, una frente ancha que el gran actor cree símbolo de un carácter noble y franco. Lo que empieza por una sincera amistad parece derivar hacia peligrosos derroteros debido a una circunstancia importante: Howard es ya casado. Antes de ingresar en los estudios cinematográficos, pasó unos años en Londres donde fué recibido como actor pródigo y agasajado como inigualable artista del gesto. Allí conoció a Ruth Evelyn Martín y al poco tiempo unióse a ella en matrimonio. Su vuelta a América la hizo ya con sus dos  hijos y su esposa y con ellos vive en una magnífica propiedad en los alrededores de la meca del cine.
Se produjo entonces en la existencia del gran artista una crisis sentimental quizás la más intensa de cuantas la ensombrecieron. Ni aquellos lejanos días de obscura monotonía al lado de su severo padre, ni las jornadas grises de su trabajo en la oficina bancaria, ni los momentos más difíciles del anonimato, recorriendo inhóspitos teatros provinciales dejaron en él huella más profunda que le de estas relaciones frustradas con Merle Oberón, que sólo con un lato sentido de la moral y una voluntad indomable consigue superar. Howard no aceptó el divorcio que su mujer había llegado a proponerle y si bien su encuentro con Merle Oberón, como hemos dichos, fué un incidente trascendental que afectó raízes profundas de su alma la presencia de sus hijos, la rubia Ruth y el inteligente Leslie [sic], imagen exacta de su padre, pudieron más que la fuerza de una pasión ilícita.
Su presentación cinematográfica se efectuó con la cinta “Outward bound” (Salto al exterior) que si bien no tuvo un éxito popular fué comentada apasionadamente en los medios técnicos de Hollywood donde el nuevo actor de la pantalla venía a imponer un nuevo estilo interpretativo austero, simple y naturalísimo más dentro las normas del género teatral que el típico de los astros norteamericanos.
La buena acogida con que fué recibida esta primera película no le hizo abandonar sus actividades teatrales. Hasta los último años de su vida, Leslie Howard alternó la pantalla con la escena sin decidirse exclusivamente por ninguno de los dos géneros que le dieron idéntica fama.
Los estudios londinenses pronto reclamáronle para la primeras cintas inglesas. “Al servicio de las damas” fué la primera entre ellas y lo consagró en Europa como primerísimo galán cinematográfico.
De nuevo en América fué contratado para la filmación de cinco peliculas: “Alma libre”, “La llama eterna” [i.e. Smilin’ Through], “Devoción”, “La mujer en su casa” y “La plaza de Bekeley” [sic]. Con esta última culmina su labor interpretativa que le hace ganar en 1933 el Primer Premio de la Academia de Artes y Ciencia de Hollywood. A esta extraordinaria cinta siguen otras no menos notables: “De mujer a mujer” [?], “Cautivo del deseo”, “El bosque petrificado”, “Prohibido” [?] y “Secretos”. Ni una sola de ellas puede considerarse como un estancamiento de sus facultades. Siempre renovado y a la vez constantemente el actor sobrio y refinado que pone en los personajes de psicología más dispar su sello profundamente emotivo que le consagra como uno de los mayores actores dramáticos.
A sus dotes naturales, añade entonces una positiva experiencia. Una docena de películas ya es un bagaje considerable para un intérprete y puede haberle enseñado a usar de todos los recursos de su temperamento y matizarlos a entera voluntad. Eso es lo que Leslie Howard hace entonces escalando con paso seguro el pináculo de su carrera que desde entonces corre parejas con la de los más célebres astros americanos. Ni de la silueta del joven burócrata ni del adolescente galán de teatros de segunda categoría, queda ya nada. Mister Howard es la figura más admirada de Hollywood y de Nueva York. La innata distinción de su porte, su fina inteligencia, y su conversación que revaloriza un exquisito acento puramente británico entusiasma a cuantos pueden conseguir su trato asiduo. Cuando marcha nuevamente a Europa para cumplir con su importante contrato cinematográfico, acuden al muelle los periodistas de los diarios de mayor circulación y un buen número de personalidades no tan sólo de la escena y el celuloide, sino también de la industria, de la política y del arte. El espectáculo es ya el clásico de toda despedida de una persona importante y aparece en los noticiarios: Howard saluda sonriente mientras una nube de fotógrafos disparan sus lámparas de magnesio para lograr el clisé esperado por todos los lectores.

Los grandes triunfos

Leslie Howard se trasladó a Londres llamado por el famoso director Alexandre Korda para interpretar el papel principal en una cinta de la casa London Films, adaptada de una novela de la baronesa de Orzy [sic]. Cundo le hablaron de este contrato le fué advertido que el rodaje debía efectuarse inmediatamente y que sólo una actriz podía encargarse del principal papel femenino: Merle Oberón. Howard no vaciló en aceptar. Viejas heridas estaban del todo cicatrizadas y no temía ya encontrarse de nuevo con la mujer que había hecho peligrar su felicidad conyugal, máxime cuando su trato con ella no iba a sobrepasar el de un compañerismo de circunstancias, el de una relación puramente profesional.
Esta cinta llevó en español el título de “Pimpinela Escarlata” y constituyó su primer triunfo auténticamente universal. Durante su filmación desde América la propusieron ya intervenir en la versión cinematográfica de la obra más admirada por él: “Romeo y Julieta”, el drama Shakespeariano, iba a ser plasmado en el celuloide y su productor Irving Thalberg de la M.G.M. contaba con Norma Shearer, su esposa, para el papel de Julieta, con Cecil [sic] Rathbone para el de Teobaldo, con John Barrymore para el de Mercuccio, con Reginald Denny para el de Benvolio, además del más extraordinario equipo de comparsas, decoradores, técnicos y cameramans. Faltaba únicamente la conformidad de Leslie Howard para el papel de Romeo. La aceptación más entusiasta no se hizo esperar. Al cabo de unos meses “Romeo y Julieta” era estrando en Nueva York, daba la vuelta al mundo triunfalmente y obraba un singular prodigio: el de convertir al célebre dramaturgo inglés Bernard Shaw de detractor acérrimo del cine en partidario de él hasta el punto de aceptar que el propio Leslie Howard llevase a la pantalla una de sus obras más discutida, “Pygmalion” asumiendo la doble responsabilidad de la dirección junto con Gabriel Pascal [sic] y la del difícil papel de Profesor Higgins. La cinta que igualmente es conocida y admirada por todo el orbe, obtuvo en 1938 el Primer Premio de interpretación en la que fué célebre competición Bienale de Venecia.
Cuando en Hollywood se proyectó la filmación de “Lo que el viento se llevó”, la más fabulosa cinta de la historia del cinema, la película que ha batído ya todos los “records” triunfales, pensóse a confiar el papel de Ashley Wilkes a Leslie Howard quien hizo de él una creación admirable.
Vino después la versión de “Stand in” y finalmente en 1938 la de “Intermezzo”. Con esta película Leslie Howard no podía sospechar que se cerraba el último período de su existencia. Sus actividades posteriores pueden considerarse como un epílogo, pues fueron inspiradas más que por su instinto artístico, por un explicable y noble afán patriótico. Howard tenía en la mente varios y ambiciosos proyectos cuando el más grave acontecimiento de estos último años vino a alterarlos radicalmente. Inglaterra se hallaba empeñada en la guerra más dura de toda su historia y los Estados Unidos hacían causa común con su aliada. Leslie Howard por segunda vez se consideraba un soldado al servicio de su patria.

La muerte

El rompimiento de hostilidades sorprendió a Leslie Howard en Netscott [sic!] a veinticinco millas al sur de Londres. Allí vivía con su mujer y sus hijos. Tenía entonces cuarenta y cinco años y no podía pensar en incorporarse a filas como lo hiciera en 1914. Su puesto continuaba estando en los estudios cinematográficos donde también con su labor artística podía trabajar para su patria.
Cuatro películas dirigió y interpretó que llevan los títulos de “Aguilas blancas”, “Paralelo 49”, “El sexo débil” y “Spitfire”, todas de temas bélicos y relacionadas directamente con la presente contienda.
Simultáneamente a sus trabajos cinematográfico el célebre actor llevaba una vida agitada y viajaba a menudo por el interior de Inglaterra dando conferencias y cuidando que las actividades artísticas en los estudios ingleses no decayeran. Su afán de nuevas creaciones le hizo ambicionar llevar a la pantalla la figura legendaria de Cristóbal Colón, proyecto del que había hablado a menudo.
A últimos del pasado año hizo su último viaje al extranjero. En Madrid celebró dos conferencias y tras una breve estancia en la capital de España, trasladóse a Portugal donde un avión del servicio aéreo entre Lisboa y Londres debía trasladarle junto a los suyos. En aquella travesía debía perder la vida Leslie Stiner. Al día siguente al que embarcó en el que parecía seguro trimotor, perdido entre las noticias de guerra, los periódicos españoles insertaban un comunicado fechado en Londres:
“Lamentamos anunciar que un avión civil que viajaba entre Lisboa y el Reino Unido no ha regresado en el tiempo previsto y debe considerarse como perdido.”
En aquel aparato viajaba Leslie Howard, el astro supremo de la pantalla inglesa.

(Leslie Howard: El astro extinguido; Biografía del más célebre actor inglés; con la novelación de la penúltima de sus películas: Intermezzo. Madrid-Barcelona, ediciones Friso, [1944])