Leslie Howard (1936)

Leslie Howard

por Alberto Rondon

Gentleman… He aquí la palabra que describe perfectamente al famoso intérprete de “The Scarlet Pimpernel.” Mr. Leslie Howard, el galán estirado, espiritual, atildado y de exquisitas maneras… No hay actor más distinguido en la cinematografía de Hollywood.

Leslie Howard

Resumen inobjetable del sempiterno refinamiento anglo-sajón. Todo un caballero, the perfect Englishman.
¿Hollywood o Londres? Nuestra charla encuadraría mejor a orillas del Támesis, en la ciudad brumosa y melancólica… A las cinco de la tarde, en Piccadilly Circus, en cualquiera de los teashops, rendezvous de los dandies londinenses. Donde el te sabe exquisito, en los sillones mullidos de Waring & Gillow y galletas deliciosas y lemon curd
Pero estamos en Burbank, California. ¡Burbank! Apelativo de famoso horticultor… Y en el interior del stage donde charlamos, hay árboles artificiales y escenas del desierto donde Howard filma su última película: “The Petrified Forest.”
La palabra sex-appeal con que una generación concupiscente describe los secretos del magnetismo sexual, ha adquirido en nuestro Hollywood proporciones aplastantes. A primera vista mi interlocutor no tiene nada que ver con la tremenda atracción animal de los músculos turgentes y los apolos nervudos y fuertes… Sin embargo, este hombre de silueta fina, cabellos blondos, ojos azules y rasgos delicados, es uno de los astros de la pantalla cuyo magnetismo ha producido una tremenda sensación en el sexo opuesto.
Por un momento las habituées del cinematógrafo parecen haber olvidado el predominio de los instintos meramente físicos y frente a Clark Gable, el Dios de la Fuerza, el superhombre del mundo de la carne, surge un competidor de sonrisa displicente y delicadeza casi femenina.
Me imagino que el intérprete de “Berkeley Square,” con sus theahs y sus heahs y su exagerado acento inglés, es un hombre algo afectado, de inclinaciones poco comunes y peculiares gustos.
—Creame usted… Soy un hombre que ama la sencillez… Un hombre terriblemente aburrido, consagrado a la lectura, al trabajo y a la vida de familia.
Hago un gesto de sorpresa.
—Creía que…
El rostro ovalado sonríe amablemente y la grácil curva de la pipa es tan sólo un rasgo inevitable.
—¿Qué creía usted?—
—Que usted sería un londinense ficticio, very, very particular
—Tiene usted un concepto equivocado de nuestra raza. Somos un pueblo de hábitos sumamente sencillos. La mayoría de la gente tiene un concepto equivocado.
Medito un breve instante. Mr. Howard tiene razón. El inglés es una extraña yuxtaposición. Con su fácil sonrisa de niño, viaja eternamente por el firmamento lejano de un mundo perfecto. Su máxima firme es la fe en una humanidad buena y ética. La firme convicción en el cumplimiento del deber no es la raíz que lo retuvo pegado a la tierra, sino las alas con que voló de un salto hasta colocarse a la cabeza de la humanidad.
—Si no hubiera sido actor, ¿sabe usted lo que sería…? Un modesto comerciante.
—Profesión denigrante—dirán lo sentimentales de nuestra raza.
—Y cuando deje de ser actor será para dedicarme a escribir…
—¿ Pero es que dejará usted de ser actor algún día?
—¿ Porqué no? ¡Nadie sabe!
—Dudo que Hollywood lo permita.
—Hollywood ha permitido muchas cosas… hace usted mal en dudar.
—Pero es que…
Sic transit gloria mundi
Durante el breve espacio de tiempo ordeno mis preguntasen la mente y siento el inevitable deseo de inquirir mucha cosas que me parecen difíciles de aclarar: este inglés legítimo, que lleva con la misma soltura los sweaters y los guantes de nuestra era y los puños de encaje de las eras cortesanas, ¿convive acaso alegremente la chocarrería pecaminosa de la patria del overall y de la simplicidad burguesa? En Hollywood, receptáculo de chismografía y antídoto par excellence de toda vieja institución conservadora, ¿es acaso feliz un inglés amable, ordenado, sencillo y virtuoso?

Me expone su yo

Entre el barullo de electricistas, cables eléctricos y cámaras, Mr. Leslie Howard me expone su yo. Cambiamos de asiento varias veces y las luces se encienden y se apagan como días y noches polares sin crepúscolo ni aurora. Las finas volutas de humo azul suben desde la pipa aromática y se pierden por encima de nuestras cabezas en los maderámenes intricados. La selva petrificada nos rodea con sus árboles desnudos. El simún del desierto ha enmudecido un momento. Los bíblicos camellos estarán en el oasis aplacando la sed férvida. Los soldados ingleses se habrán sentado a tomar te en la floresta rocosa, mientras flota en el cielo imaginario la bandera tremolante de Su Majestad Británica.
—¿Me pregunta usted cómo inicié mi carrera teatral? Realmente los que creen en la vocación como una imposición inevitable del destino dirán que fué una circunstancia desprovista de valor. Pero, entre el escritorio de una casa comercial y el escenario de un teatro, no deja de mediar una larga distancia. Educado en Londres, en Dulwich College, mi destino hubiera sido perdurar inevitablemente en la carrera comercial a la que los deseos de mi familia y los míos propios me habían consagrado.
—¿Se equivocó usted a ciencia y conciencia?
— Medí los pros y los contras y mi decisión fué la decisión lógica. Después la vida me enseñó un nuevo camino.
—¿Cómo?
—Un fenómeno inesperado que transformó por completo el destino de la mayoría de los jóvenes de mi país. El inglés conservador y enemigo de toda transformación violenta, al verse arrancado del seno de la familia, sufrió una evolución espontánea.
—1914…
—Exactamente.
—¿Era usted muy joven?
—Veintiún años. Abandoné el escritorio de un banco de Londres para no volver nunca a él ni a la carrera comercial.
—¿Y cómo surgió en usted la ambición teatral?
—Un proceso psicológico inevitable. La guerra es algo terriblemente melodramático. Después de las trincheras… ¿cree usted que se acostumbraría alguien con facilidad a la monotonía de la rutina diaria? Inglaterra en 1919 estaba invadida por una juventud que buscaba desesperadamente el  ambiente romántico sensacional… Una especie de reflejo de los cinco años pasados en los campos de Francia. El retumbar de los cañones y la pompa militar de la guerra resonaba todavía en los oídos de todos.  La generación que había luchado valerosamente por ideales patrióticos o por la fuerza de las circunstancias, buscaba algo que reemplazara en la imaginación su resplandor acabado. Muchos encontraron en el teatro un paralelo tentador.
—Recuerdo a Clive Brook, por ejemplo…
—Sí, y muchos actores de las tablas en Londres.
—¿Cree usted que fué una feliz coincidencia?
—Probablemente.
Leslie Howard es un hombre de inclinaciones bien balanceadas. El destello artificial de nuestro mundo pasajero no parece haberle cegado nunca. El es tal vez el único en la babilonia de la cinematografía, que vive su propia vida pertinaz y valiente.
—¿Pero, le gusta a usted Hollywood?
—Sin exageración.
—¿Viviría usted feliz aquí?
—Durante un tercio del año, ya lo creo. El otro tercio en Nueva York y el otro en Londres. Hollywood es, desde luego, una ciudad encantadora. Los Estados Unidos uno de los países más agradables.
Un pequeño atisbo de hipocresía elegante. Los ingleses saben mentir con tanta maña y tan fácil destreza… Un capítulo de la diplomacia universal. Pero Hollywood y Leslie Howard tienen poco de común.
—Me gusta sin exageración…
Es decir, no le entusiasma…
—Me agrada.
No. Bien echo de ver que Hollywood y el no han sido hechos el uno para el otro. Si no ¿como explicarse que en la ciudad donde la tinta de imprenta anda boba, su nombre no haya aparecido nunca en el encabezamiento de los diarios?
—Después de todo, cuando uno vive vida de familia y hace del hogar el verdadero centro de su vida, poco importa que la ciudad donde uno viva tenga tales o cuales características.
—Una realidad bella, casi intangible para la mayoría de los mortales que viven presa de las calamidades de la vida moderna, sin conocer ni por el forro el significado de la palabra método.
—No quiero decir que yo sea un eremita.
—Comprendo.
—Pero debo parecerlo a muchos de los que me conocen de lejos y se imaginan que como buen actor de la pantalla debo pasar por el mundo dedicado exclusivamente a producir la admiración de los mortales.
El concepto del hogar es algo así como la quintaesencia del espíritu inglés. En ningún país del mundo se ama y respeta tanto los viejos ideales sociológicos. Clive Brook, inglés acendrado y gran actor, me habló una vez del cariño que, como inglés, sentía por el hogar y la familia, y de los múltiples esfuerzos que le había costado reunir en torno a su hogar en Norteamérica, todos los trascendentales valore familiares, aquel sabor hereditario irreemplazable y que al cabo de grandes cuidados había logrado resucitar en una bella mansión de Beverly Hills todo lo que en la lejana Inglaterra constituía para el la intimidad.

Un excelente sportsman

Mr. Howard es un sportsman excelente, pero sólo practica ciertos sports, dijérase aquellos que tienen un toque de distinción. En la mañanas soleadas de California, vistiendo inmaculado pantalón de franela, raqueta en mano, se pasa las horas en el cuadrilátero del deporte elegante.
—Leo mucho y viajo mucho. Leer y viajar. He aquí dos placeres exquisitos de que no se cansa nunca un buen inglés. Mi hija es mi inevitable compañera. Entre los dos sabemos matar el tiempo a las mil maravillas. Tenemos las mismas ideas y los mismos gustos…
—¿Tiene usted alguna aversión fuerte?
—Si, el baile; me parece una diversión soporífera y poco estética: El que lo inventó merecería el mayor castigo. ¿Háse visto algo más innecesario para la humanidad consciente, que el baile?
—El baile moderno es vulgar e insípido. Los elementos estéticos que caben en el baile han sido arrinconados sin esfuerzo…
—Al extremo que hoy día el baile influye de un modo decisivo en el mal gusto de las generaciones jóvenes.
Howard sonríe.
—Dirá usted que soy un puritano terrible…
—Algo de eso. Una verdadera sorpresa en el ambiente de Hollywood.
—Tal vez esté yo equivocado y los demás tengan razón…
—¿Quien sabe. Y probablemente estamos todos equivocados.
—¿Le gusta a usted el cine?
—Me gusta el teatro también. Entre mis autores favoritos figura en primera fila Ibsen. “Peer Gynt,” su gran creación trágica es una de las piezas teatrales que me gustaría interpretar. He soñado con hacerlo algún día en el teatro o en el cine. Pero ya ve usted, nuestras grandes ambiciones fracasan siempre.
Callamos un momento y en las volutas de humo gira y se destiende un vago sabor de tristeza. La Diosa felicidad pasa envuelta en su aureola triunfal. Porque Leslie Howard es uno de aquellos seres a quienes se puede llamar felices sin gran peligro de equivocarse. Y él sonríe, mientras el humo aleja su rostro del mío como la cortina semidiáfana de un teatro fantástico. Por allá en el fondo de su conciencia, donde la lámpara del optimismo es un fulgor imperecedero, algo le dice que él es responsable de su propia felicidad, y que ni Hollywood ni el cinema han tenido que ver con ella un ápice.
Firme amor al pasado, amor a la virtud, al trabajo y al orden. He aquí las características de uno de los más famosos actores del cinema contemporáneo. Su figura fina y su perfil inteligente son recuerdo imborrable de cuantos vieron “Outward Bound,” “Berkeley Square,” “The Scarlet Pimpernel” y otras de sus famosas producciones. Este actor distinguido y completo caballero, descolla por sus virtudes en una ciudad donde el sensacionalismo y el dinero son cómplices coludidos en el desquiciamento espiritual de una humanidad entregada al vértigo de todas las emociones.
El mundo le debe el haber resucitado el valor immortal de la espiritualidad en el amor, ideal que nunca muere. Frente a él, nuestro Clark Gable es apenas un ficticia encarnación de las pasiones indomables, un Dios falso, un ídolo falsificado. Porque en el mundo del cinematógrafo, Clark Gable y Leslie Howard son dos imágenes antagonistas, encarnación de dos principios opuestos.
Los propulsores del magnetismo sexual tal vez no comprendan bien al héroe de un mundo espiritual apenas explicable en nuestra Babilonia materialista y vocinglera, pero ante el público femenino, en pleno siglo XX, Leslie Howard es una reencarnación maravillosa de lo que para la mujer es el hombre francamente superior: suavidad apasionada, sinceridad infinita, todo fuego, todo alma.
Al concluir nuestra amable charla me llevo la impresión de haber conocido a un hombre realmente inteligente y bondadoso. Un apretón de manos varonil y sincero. Bajo el brazo un libro en cuyo lomo se lee el nombre de Ibsen. “It has been such a pleasure…” Y el actor terriblemente inglés, el hombre que toma te todos los días a la hora auténtica de Greenwich, se aleja por las tenebrosas regiones de la floresta petrificada.
Fuera, rumbo a Hollywood, en las cercanías de Burbank, ciudad horriblemente burguesa, un mundo incomprensible me sale al paso. El mundo absurdo del sensacionalismo, de los valores falsificados y de los fuegos fatuos cinemáticos. Busco en vano la silueta ambigua del Támesis, el puente famoso y la torre histórica. En su lugar, a ambos lados del camino, surgen a modo de orlas triunfales, rimeros de naranjas y rimeros de manzanas. Y colgando de un clavo invisible, pende en las alturas ese símbolo heráldico de nuestra California industrial y prepotente, el aerostato luminoso de la casa Goodyear.

(Cinelandia, January 1936)